Así fue, pues, como ocurrió anoche en el campo de Mestalla. Luchadores provenientes de tierras capitales inundaron la ciudad de Valencia de un ambiente colchonero que, junto al ché, siempre omnipresente, protagonizó la noche de ayer dando a ambos bandos un satisfactorio resultado final.
Guerreros de todas partes del mundo saltaron al campo dispuestos a hacer lo imposible por salir victoriosos con la cabeza alta presumiendo de haber ganado tal famosa guerra.
Y así fue como un latino llamado Sergio, el yerno de dios, consiguió dar el primer testarazo al bando ché. Por fortuna para el público local, como el ave Phoenix, cuatro guerreros llamados Pablo, Juan y dos Davices, resurgieron de sus cenizas para tumbar la muralla rojiblanca, poniendo por delante a su bando y avivando los ánimos de la disputa. A partir de este punto ambos ejércitos empezaron a disparar pelotas en llamas al otro, lo que hizo que cada disparo pudiese ser el último. El destino quiso que nadie sobresaliese por encima del otro, y entonces fue cuando un valiente mortal llamado Maximiliano, procediente de américa latina, se armó y se infiltró en terrenos valencianos, lo que povocó la caída de sus defensas y el empate final.
La historia se repitió y los tenientes de cada bando conservaron su puesto al mando de su respectivo ejército. Esta batalla tuvo un final feliz para todos, pero la guerra sólo acaba de comenzar y, como relatan los libros de historia, no dará final hasta dentro de 200 días.
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